Hay una silueta de oveja con la palabra «retour à la normale» que casi todo el mundo del oficio ha visto alguna vez, y casi nadie sabe quién la dibujó. Tampoco sabemos quién hizo el CRS con casco de las SS, ni el «sois jeune et tais-toi» del joven amordazado. Salieron del Atelier Populaire, el taller que estudiantes y artistas montaron en la Escuela de Bellas Artes de París ocupada, en mayo del 68, y salieron sin firma porque así se decidió.
La declaración que acompañaba a aquellos carteles no dejaba mucho margen de interpretación:
Los carteles producidos por el Atelier Populaire son armas al servicio de la lucha y forman parte inseparable de ella. Su sitio está en los centros del conflicto, es decir, en la calle y en los muros de las fábricas. Usarlos con fines decorativos, exponerlos en lugares burgueses de cultura o considerarlos objetos de interés estético es perjudicar a la vez su función y su efecto.
Es decir: ni se venden, ni se firman, ni se enmarcan. Medio siglo después esos carteles están enmarcados en museos y se subastan, lo cual tiene su gracia amarga y da bastante bien la medida del refrán que da nombre a esta casa.
Lo que imponía el soporte
Vale la pena mirar aquellos carteles como lo que son antes que como iconos. El taller empezó litografiando y pasó pronto a la serigrafía por una razón puramente productiva: una pantalla, una rasqueta y papel barato dan tiradas grandes en una noche, y la litografía no. Todo el lenguaje formal sale de ahí. Una tinta, dos como mucho, porque cada color es otra pantalla y otro secado. Masas planas y contornos gruesos, porque el trazo fino se cierra en la malla. Letra dibujada a mano, condensada, apretada contra el borde, porque no hay tipómetro ni tiempo de fotocomposición. Registro descuidado a propósito. Formato vertical, apaisado casi nunca: el cartel iba a un muro y a la altura de la vista.
Y sobre todo: edición finita. Lo que se imprimía esa noche era lo que había, y a las seis de la mañana estaba pegado con engrudo. El objeto era escaso, perecedero y colectivo. Nadie iba a poder reclamar la autoría de algo que se despegaba con la primera lluvia.
Lo que impone el archivo
Hoy el equivalente funcional de aquella pantalla es un enlace. Amplifier reparte descargas gratuitas de piezas de protesta —el «We The People» de Shepard Fairey de 2017 se distribuyó así, y acabó pagado por micromecenazgo como página de periódico—. Justseeds tiene su catálogo de gráfica de movimientos. El Interference Archive de Brooklyn digitaliza fondos de carteles militantes con acceso abierto. El People’s Graphic Design Archive recoge por aportación de cualquiera lo que la historia oficial del diseño no guardó. En España la vía ha sido menos institucional: el JPG que circula por redes y el PDF que alguien cuelga sin pedir permiso a nadie.
El cambio de soporte reordena las decisiones formales, y no siempre a mejor. El archivo tiene que sobrevivir a un contexto que el diseñador no controla: se va a imprimir en una láser doméstica en A4, se va a ver a 400 píxeles en un móvil y alguien lo va a recortar para una historia vertical. Eso empuja a un diseño más robusto y más pobre a la vez: negro plano para no arruinar el tóner ajeno, tipografía enorme porque va a leerse en miniatura, y despedirse de la textura, del registro sucio y de las tintas planas que solo existen como pigmento. Se ha resuelto con un filtro, que es lo peor que se puede hacer con la memoria de un oficio: ponerle a un PDF grano falso de riso y dar el gesto por recuperado.
Hay una compensación real. El archivo no se agota, no lo arranca la policía y viaja a un sitio donde no había ni pantalla ni rasqueta. Eso, en términos de propagación, gana por goleada al muro de la fábrica.
La parte legal, que es la parte de diseño
Aquí está el nudo. El Atelier no necesitaba licencia: el anonimato bastaba, y en un país con represión encima era además una medida de seguridad. En cuanto el cartel es un fichero descargable hay que declarar qué puede hacer el que lo descarga, y ahí las opciones son pocas y desiguales.
- CC BY-SA es la más usada en la gráfica militante: se puede reproducir, modificar y difundir, pero hay que citar al autor y mantener la misma licencia. Circula, sí, pero con firma obligatoria.
- CC BY-NC es la trampa más frecuente. Suena bien —que nadie se lucre con esto— y en la práctica bloquea el uso por parte de medios, sindicatos y editoriales que sí facturan. Un cartel contra los desahucios que un periódico no puede reproducir es un cartel a medio hacer.
- CC0 es la única que se acerca a la renuncia del 68: cesión al dominio público, sin cita ni condiciones.
Con el matiz de que en España, y en el derecho continental en general, la autoría no se puede regalar del todo. Los derechos morales —el de paternidad y el de integridad de la obra— son irrenunciables e inalienables por ley. Un diseñador puede permitirlo todo sobre su cartel y seguir siendo su autor a efectos legales. La renuncia a la firma es, literalmente, una decisión estética y política que la ley no acompaña. Añade a eso que el PDF que exportas arrastra metadatos con el nombre del documento y el de la cuenta del ordenador, y el anonimato acaba dependiendo de si te acordaste de limpiar el fichero.
Y la máquina, cómo no
Los generadores de imagen han inundado esto de carteles de protesta que imitan bien la textura de los sesenta y fatal su sintaxis: composiciones centradas y simétricas donde había tensión, letra que no dice nada porque el modelo no sabe deletrear consignas, y una limpieza de acabado que contradice el mensaje. Como herramienta de bocetado va sobrada; para cerrar la pieza, todavía no. La ironía es jurídica: en Estados Unidos la oficina de derechos de autor viene rechazando el registro de imágenes sin autoría humana suficiente, así que un cartel puramente generado nace más cerca del dominio público que cualquier serigrafía del 68. Anonimato por defecto y sin convicción ninguna.
Mi posición: si vas a hacer gráfica de protesta, publícala en CC0 o CC BY-SA, sin NC, con el negro plano preparado para una impresora mala y los metadatos limpios. La firma se puede dejar en el pie de página de tu web, no encima del cartel. Lo otro —repositorio precioso, licencia restrictiva y crédito bien visible— es exactamente miel para el asno: se ofrece algo valioso a una lucha que no puede usarlo.
— mielosa