Theresa LePore quería hacer algo bueno. Era la responsable de elecciones del condado de Palm Beach, en Florida, y sabía que buena parte de su censo pasaba de los setenta años. Así que, preparando las presidenciales de noviembre de 2000, tomó una decisión que cualquiera de nosotros defendería en una reunión: subir el cuerpo de la tipografía para que la gente mayor pudiera leer los nombres sin gafas de aumento.
El problema es que la papeleta tenía un ancho fijo y diez candidaturas que colocar. Al agrandar el texto, los nombres dejaron de caber en una sola columna. La solución fue abrir el impreso como un díptico: candidatos a la izquierda, candidatos a la derecha, y los agujeros para perforar en la canal central, alternándose entre una columna y otra. En papel, sobre la mesa, aquello parecía razonable. En la cabina, con un punzón en la mano y treinta segundos de decisión, era una trampa.
Lo que pasa cuando la proximidad miente
Un votante que quería marcar a Al Gore veía su nombre en segunda posición de la columna izquierda y buscaba el segundo agujero. Ese segundo agujero era de Pat Buchanan, el candidato del Partido Reformista, que ocupaba la primera posición de la columna derecha. Para votar a Gore había que perforar el tercero. Había una flecha indicándolo, sí. Una flecha compitiendo contra el instinto de leer en orden y contra la ley de proximidad, que es de las pocas cosas de la Gestalt que funcionan sin que nadie las estudie.
Buchanan sacó 3.407 votos en Palm Beach, su mejor resultado de todo el estado con diferencia, en un condado demócrata, urbano y con una comunidad judía numerosa a la que el personaje no le hacía ninguna gracia. El propio Buchanan reconoció en televisión que la mayoría de esos votos, casi con seguridad, no eran suyos. Miles de papeletas más aparecieron con dos agujeros perforados: gente que se dio cuenta a mitad de gesto e intentó arreglarlo, anulando su voto.
Aquí es donde la historia deja de ser anécdota de sobremesa y se convierte en argumento profesional. En 2001, un equipo encabezado por Jonathan Wand publicó en la American Political Science Review un análisis con el título más honesto de la ciencia política reciente: The Butterfly Did It. Comparando el comportamiento del voto en el resto de condados y en el voto por correo del propio Palm Beach —que usaba otro diseño—, estimaron que unos dos mil votos destinados a Gore acabaron en Buchanan por culpa de la maquetación.
George W. Bush ganó Florida por 537 votos. Y con Florida, la presidencia.
De la culpa a la disciplina
Lo interesante no es el escándalo, que ya lo hemos mascado todos. Lo interesante es lo que hizo el oficio después, porque es la parte que casi nadie cuenta.
La AIGA arrancó su programa Design for Democracy, con Marcia Lausen dirigiendo el trabajo desde Chicago y publicando en 2007 el libro que recoge todo el proceso. No eran propuestas de estudio bonito: rediseñaron papeletas y señalética de colegios electorales trabajando con administraciones reales, con presupuestos reales y con funcionarios que no habían oído hablar de una retícula en su vida. Ese mismo año, la Election Assistance Commission publicó sus recomendaciones federales sobre diseño de material electoral, elaboradas con ese equipo. Un manual de tipografía y jerarquía convertido en documento oficial de un organismo público.
Después llegó el Center for Civic Design, fundado por Whitney Quesenbery y Dana Chisnell, y sus Field Guides to Ensuring Voter Intent: cuadernillos cortos, gratuitos, escritos para gente que no es diseñadora, con reglas del tipo «usa mayúsculas y minúsculas, no versales para todo», «alinea la respuesta con su pregunta», «pon las instrucciones donde se ejecuta la acción, no en la cabecera». Cada una de esas reglas viene de pruebas con votantes reales, no del gusto de nadie.
Por qué esto te sirve el lunes
Porque el día que un cliente te diga «esto es subjetivo» mientras aprieta el interlineado de un formulario de alta para que entre en un folio, tú tienes literatura empírica detrás y él tiene una opinión. Un formulario de solicitud de ayudas, un impreso de urgencias hospitalarias, un checkout, un consentimiento informado: todos son papeletas con otro nombre. Todos tienen una tasa de error medible, y esa tasa sube o baja según dónde pongas la etiqueta respecto al campo.
Y sí, toca hablar de la máquina. He probado a pedirle a varios modelos que me maqueten un formulario largo, y salen cosas correctas: agrupan campos, ponen la etiqueta encima, no se les ocurre partir un teléfono en tres cajitas. Han leído las mismas guías que nosotros. Lo que no pueden hacer es lo que hizo el equipo de Wand después del desastre ni lo que hace el Center for Civic Design antes: sentar a doce personas mayores delante del impreso y ver dónde dudan. La IA te da el patrón medio; la evidencia te la sigue dando alguien mirando a un señor de ochenta años con un punzón en la mano. Quien confunde una cosa con la otra acaba entregando un diseño que parece bien y falla en el único momento que importa.
Aquí, por cierto, tenemos un sistema distinto: una papeleta por candidatura dentro de un sobre, así que el error de columna cruzada no existe. Lo que sí existe es todo lo demás. Miren cualquier impreso de la administración, cualquier declaración, cualquier formulario de trámite, y cuenten cuántas veces la respuesta está lejos de su pregunta.
Mi posición, por si hacía falta decirla: la jerarquía visual es un instrumento de precisión y se defiende con datos, no con moodboards. Cada vez que alguien recorta la partida de diseño de un impreso público porque «es solo maquetar», está tirando la miel al asno de siempre. Y la factura la paga quien rellena el papel.
mielosa