Fuentes variables: todo el mundo las aplaude y casi nadie las sirve

Fuentes variables: todo el mundo las aplaude y casi nadie las sirve

En septiembre de 2016, en el congreso de ATypI en Varsovia, Adobe, Apple, Google y Microsoft se subieron juntos al mismo escenario —cosa que no ocurre casi nunca— para presentar OpenType 1.8 y las fuentes variables. Un archivo único con ejes continuos: peso, anchura, inclinación, tamaño óptico. Se acababa eso de cargar seis ficheros para tener seis pesos. Hubo aplausos, hubo artículos, hubo demos con deslizadores que todos estuvimos moviendo arriba y abajo media tarde. Diez años después, la mayoría de las webs que abres siguen sirviendo estáticas.

La idea era vieja, y era buena

Conviene recordar que aquello no salió de la nada. Adobe llevaba desde 1991 con Multiple Master, con Myriad y Minion como buques insignia, y Apple tenía su propia versión con las TrueType GX Variations casi a la vez. Las dos murieron por lo mismo: las aplicaciones de la época no sabían qué hacer con ellas y los usuarios tampoco. Lo que cambió en 2016 fue el destinatario. Ya no había que convencer a QuarkXPress, había que convencer a un navegador, y los navegadores fueron sorprendentemente rápidos: hacia 2018 el soporte estaba resuelto en todos los que importaban.

Desde entonces la excusa técnica se quedó sin argumentos. Y aun así, aquí seguimos.

Lo que de verdad se gana

El argumento comercial de la fuente variable siempre fue el de los kilobytes, y es el más flojo de todos. El bueno es tipográfico, y tiene nombre: el eje de tamaño óptico. Durante cinco siglos, un tipo cortado para diez puntos y otro para setenta y dos eran dibujos distintos: más abiertos, con más contraste, con las terminales ajustadas al tamaño real de impresión. La fotocomposición y el PostScript se cargaron eso y nos acostumbramos a escalar un único dibujo del cuerpo 12 al titular de 96 píxeles, que es exactamente por lo que tantos titulares web parecen inflados con una bomba de bicicleta.

Amstelvar, la fuente que David Berlow hizo precisamente como banco de pruebas de los ejes paramétricos, existe para demostrar esto. Fraunces lo lleva más lejos y añade ejes para el suavizado de las terminales y otro, llamado WONK, que gradúa cuánto se le va la pinza a la letra. Recursive, de Stephen Nixon, permite pasar de monoespaciada a proporcional y de la voz neutra a la casual sin cambiar de archivo. Ahí sí hay algo que una familia estática no te da: control fino sobre la jerarquía, no un menú de cuatro opciones.

Y luego están los datos

El capítulo de tipografía del Web Almanac, que HTTP Archive publica rastreando millones de sitios reales, lleva años midiendo esto. La foto que devuelve, edición tras edición, es siempre la misma en lo esencial: la fuente variable es minoritaria frente a la estática, sube despacio y no se acerca ni de lejos al lugar que le tocaría por méritos técnicos. No voy a soltar aquí un porcentaje concreto, entre otras cosas porque cada persona que cita ese dato lo saca de una edición distinta y la metodología del rastreo cambia. Lo que se sostiene es la dirección: hay más entusiasmo publicado sobre fuentes variables que fuentes variables servidas.

El otro hallazgo del Almanac es más incómodo, porque no va de tecnología sino de descuido: la cantidad de sitios que cargan pesos que nunca usan. Es el patrón que me encuentro en casi toda auditoría. Alguien pidió en Google Fonts el 300, 400, 500, 600 y 700 con sus cursivas correspondientes, la maqueta usa dos de esos pesos y el resto viaja por la red en cada visita para no aparecer jamás en pantalla. Comparar ahí variable contra estática es tramposo: no estás comparando tecnologías, estás comparando un flujo de trabajo cuidado con uno que no lo es.

El cuello de botella no está en el navegador

Son tres cosas, y ninguna se arregla con un artículo técnico más.

La entrega. El diseño llega con pesos nombrados. Regular, Semibold, Bold. Nadie entrega un sistema tipográfico que diga «este titular va en 640 de peso y 112 de anchura porque a ese tamaño necesita respirar». Las herramientas de diseño han ido llegando al soporte de ejes tarde y de forma parcial, así que el pensamiento sigue siendo el del catálogo de estilos. Si diseñas en escalones, entregas escalones, y el archivo variable se convierte en un contenedor caro de cuatro instancias.

La licencia. Aquí está el nudo de verdad. Buena parte de las fundiciones factura por estilo: compras Light, compras Bold, compras cursivas. Un archivo con un eje continuo de 100 a 900 no tiene un número de estilos que facturar, y la respuesta habitual ha sido cobrar la familia entera, o restringir qué instancias puedes servir, o directamente no ofrecer la variable en la licencia web. El diseñador que pide dos pesos y se encuentra con el precio del paquete completo no vuelve a preguntar. Lo abierto —Inter, Roboto Flex, Source Sans, las variables de Google Fonts— avanza mucho más rápido justo por esto, y no por ninguna virtud técnica añadida.

La compilación. Con estáticas puedes recortar el archivo por subconjuntos y por rangos de caracteres con una precisión quirúrgica. Con una variable te llevas toda la maquinaria de interpolación, quieras o no. Si tu sitio usa dos pesos y un alfabeto latino básico, dos WOFF2 recortados pueden pesar menos que la variable. Ese cálculo hay que hacerlo, no suponerlo.

Dónde sí, dónde no

  • , si usas tres pesos o más de la misma familia. A partir de ahí la variable casi siempre gana en bytes y siempre gana en coherencia.
  • , si te importa el tamaño óptico y trabajas con saltos grandes entre el cuerpo de texto y los titulares.
  • , en interfaces con animación tipográfica real o con tipografía que responde al ancho del viewport sin cambiar de archivo.
  • No, si tu sistema son dos pesos y no piensa crecer. Dos estáticas bien recortadas y a otra cosa.
  • No, si la licencia te cobra la familia entera por una variable que vas a usar al veinte por ciento. Ese dinero rinde más en otro sitio.
  • No, si nadie en el equipo va a mantener los valores de los ejes y en seis meses el sitio va a tener catorce pesos distintos puestos a ojo.

Mi posición

Las fuentes variables no fracasaron: se quedaron en manos de quien no las necesitaba. Se implementaron a toda prisa en los navegadores para una industria que sigue pidiendo cuatro pesos por correo electrónico y facturándolos de uno en uno. Es el refrán entero, con el asno y la miel puestos donde tocan.

Yo las uso cuando el proyecto tiene más de tres pesos o cuando el tamaño óptico va a notarse, y no las uso por moda. Y si algo hay que empujar desde el oficio, no es que todo el mundo se pase a variable mañana: es que las fundiciones dejen de facturar como si siguiéramos comprando cajas de tipos de plomo, y que quien diseña aprenda a entregar rangos en vez de escalones. Lo primero no depende de nosotros. Lo segundo sí.

— mielosa