Kris Kashtanova subió su cómic Zarya of the Dawn al registro de copyright de Estados Unidos en septiembre de 2022 y le dieron el certificado sin más preguntas. Dieciocho páginas, una protagonista con la cara de Zendaya, viñetas generadas con Midjourney y un guion escrito por ella. Luego contó públicamente cómo lo había hecho —con orgullo, porque es lo que hace cualquiera que está contento con su pieza— y la Oficina de Copyright leyó el hilo. En febrero de 2023 le llegó la carta: registro cancelado y reemitido, esta vez cubriendo el texto y la selección y disposición de las imágenes. Las imágenes en sí, fuera.
Ahí, en esa carta, estaba ya casi todo lo que después han tardado tres años en discutir los tribunales.
Lo que dice la oficina que registra
El criterio se ha ido apretando desde entonces. La guía de marzo de 2023 obligó a declarar el material generado por IA en las solicitudes de registro. En marzo de 2025, el tribunal de apelación del circuito de Washington confirmó en el caso de Stephen Thaler que una obra sin autor humano no se registra, punto. Y el informe de la propia Oficina sobre registrabilidad, publicado en enero de 2025, dejó la frase que a más de uno le sentó mal: por muy elaborado que sea el prompt, escribir instrucciones no da al usuario control suficiente sobre el resultado para considerarlo autoría.
Traducido al oficio: lo que sí se protege es tu aportación humana. La composición de la página. El orden de las viñetas. El retoque, el recorte, la retícula donde colocas eso, la tipografía que eliges, la jerarquía que impones. La materia prima generada flota en una especie de tierra de nadie legal, y quien la usa debe saber que la está usando como quien usa una textura de dominio público: sirve, funciona, pero no la puedes reclamar como tuya.
Los pleitos, sin épica
El caso de las ilustradoras —Sarah Andersen, Kelly McKernan y Karla Ortiz contra Stability AI y compañía— se presentó en enero de 2023 con una demanda que el juez Orrick despedazó ese mismo otoño. La rehicieron. En agosto de 2024 el mismo juez dejó vivas las reclamaciones por infracción directa e inducida, y también la de competencia desleal contra Midjourney por usar los nombres de las artistas como reclamo de estilo. Tumbó otras. El caso sigue en fase de pruebas: nadie ha ganado nada todavía, pero por primera vez alguien va a tener que abrir la caja del entrenamiento delante de un juez.
Getty Images ha ido peor. Su juicio contra Stability en el Reino Unido llegó a vista en junio de 2025 y a mitad del proceso Getty retiró las reclamaciones centrales por infracción de copyright: no consiguió acreditar que el entrenamiento hubiera ocurrido en territorio británico. Quedó lo accesorio. La sentencia de noviembre de 2025 rechazó la infracción secundaria —el tribunal entendió que los pesos del modelo no almacenan copias de las fotos— y le dio a Getty una victoria pequeñísima en marca, por las marcas de agua que asomaban en algunas imágenes generadas. El pleito estadounidense sigue su curso, más lento.
Ese resultado británico es incómodo para quien esperaba una condena ejemplar, y conviene mirarlo de frente en vez de buscarle vuelta. Que un modelo no contenga copias no significa que no se hayan copiado millones de imágenes para construirlo; significa que la pieza de la ley que se eligió para atacarlo no encajaba. Es un problema de herramienta jurídica, no de inocencia.
Dónde te afecta a ti, que solo querías entregar el cartel
Aquí está el cambio real, y no ha llegado por sentencia sino por contrato. En los pliegos de los últimos dos años aparecen ya, con normalidad de plantilla:
- Declaración de uso de IA. Obligación de comunicar si has usado generadores y en qué partes del entregable.
- Exclusión en identidad. Prohibición expresa de material generado en logotipos y elementos destinados a registro como marca. Lógico: el cliente quiere registrarlo, y necesita saber quién es el autor.
- Garantía de titularidad e indemnidad. Tú garantizas que puedes ceder lo que cedes, y respondes si aparece un tercero reclamando. Esta es la cláusula peligrosa, porque te traslada un riesgo que no controlas.
- Reserva de derechos de datos. El cliente prohíbe que sus materiales se suban a herramientas que entrenen con ellos.
Frente a eso, los fabricantes han empezado a vender tranquilidad. Adobe entrena Firefly con su propio banco licenciado y ofrece cobertura legal a clientes empresariales; Microsoft, Google y OpenAI tienen compromisos parecidos para sus planes de pago. Merece la pena leer la letra pequeña —suelen cubrir solo si usas los filtros de seguridad activados y no metes prompts que nombren a un artista vivo—, pero es la diferencia entre firmar una garantía a ciegas y firmarla con alguien detrás.
Mi posición, por si no se nota: yo declaro el uso, no meto material generado en nada que vaya a registrarse, negocio la indemnidad para que no me cargue a mí sola con lo que decidió un dataset ajeno, y facturo por lo que efectivamente aporto, que es criterio de composición y de tipografía, no minutos de generación. Lo que la Oficina de Copyright dijo en aquella carta a Kashtanova, sin querer, es que lo protegible es exactamente el oficio. Un poco irónico que haya tenido que venir un registro administrativo a recordárnoslo, cuando llevamos décadas soltando ese argumento delante de clientes que asentían con la cabeza mientras pensaban en el descuento. Miel para el asno, ya saben.